Esta mañana me he despertado rodeado de cronopios. Justo cuando creía que todo ya se había arreglado. Ahora que imaginaba que mis dudas comenzaban a asentarse en la tranquilidad de la rutina bisiesta y los desayunos de leche fría. Es un engorro apretar el botón del despertador como cada día y ellos allí, dispuestos a mirarme con cara de no haber roto un plato. Pongo la cafetera y aprovecho la excusa para darles los buenos días sin muchas ganas. No es un hecho menor. Cada vez me pasa con más frecuencia y entro en la desesperación. Yo quiero ser fama. Y en cambio, hoy, otra vez los cronopios.
Las noticias no ayudan, los famas, siempre serios, se manifiestan a favor de los valores de la dignidad y el sacrificio. En cambio, mis cronopios, torpes y despistados, huyen de la rutina. Por las noches, cuando entro a casa con alguna invitada casual, todos desaparecen sin hacer un solo ruido y miran estupefactos la cena de confianzas y franquezas. Al día siguiente otra vez allí, traviesos e inquietos.
Llevo algún tiempo del lado de acá, descifrando mis ríos metafísicos, haciendo las paces con algunos famas y chateando con viejos cronopios disidentes pero, los otros, los de siempre, están allí, atentos. Y vuelven cuando menos lo espero.
Espero que mañana, cuando abra los ojos mis cronopios se hayan ido. Espero que todos, con Julio, estén del lado de allá. Yo espero, poder estar tranquilo, aquí, al otro lado. Al lado de acá, pudiendo espiarlos cuando se haga el silencio y caiga la noche.





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