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Cada mañana llegaba a aquel ascensor con el mismo gesto de rutina. Saludaba al conserje y apretaba el botón de llamada a la espera de que, como siempre, la campanilla me anunciara la llegada. A veces, en esa larga espera, llegaba Julia, la de la quinta planta. Tenía contados los segundos por piso que me acercaban a ella. Tres por cinco: Quince maravillosos segundos de tenso silencio y mirada a lo alto. Alguna parada en el segundo piso para que alguien de administración, con cuello blanco y pantalón de pinzas, tomara trayecto a gerencia, en la octava, y me alargara el deseo.
Yo, resoplaba, y miraba al reloj sabiendo que eran las nueve y dos. Quinta planta. Julia tomaba la puerta y se despedía con un “hasta luego” y una sonrisa. Pronto el display me anunciaba la séptima, mi planta, y un olor a café me recibía como todos los días. Pasaba la jornada entre albaranes y llamadas. A la vuelta, en la tarde, nada era igual. Sólo silencio. Campanilla y botón en espera. Y el ascensor que crujía desando que amaneciera.
Así pasaban los días, yo que llegaba, a veces ella. Ascensor y quinta planta. Los dos mirábamos al techo. Mi timidez navegando en deriva bajo su insistente descaro.
Hoy ya no trabajo en el bufete y tampoco soy capaz de recordar qué pasó aquel día en el que, por accidente, sufrimos en la ciudad un tremendo apagón. Sólo sé que eran las Nueve y dos. Pasados algunos segundos.