Hasta aquel día no había visto demasiado la vida a través de un cristal. Apenas unas cuantas tardes de verano en las que lucía unas gafas de sol siempre de alguna temporada atrasada y poco más.
Hace unos años, el doctor le diagnóstico “vista cansada” (nada grave) y algunas dioptrías de hipermetropía. No sabía demasiado bien lo que significaba, pero tenía claro no las iba a usar. Unas cuantas tardes, le valieron para darse cuenta de que la vida era mejor verla al desnudo, tocando la realidad con la mirada. Y eso que todavía no había llegado aquel día en el que su amigo Juan, en una noche de insomnios, le había dicho aquello de “con esa mirada atormentada… cómo quieres que no se te rindan”.Entonces la decisión fue clara.
Y así fueron pasando los años, hasta que los despistes se empeñaron en hacerle perder la agudeza que cada vez distorsionaba más los sueños, veía borrosas las expectativas. No todo era esas largas pestañas. Además, apareció la primera cana y los primeros deseos.
Se vio, pues, en aquel día, cuando salió de la óptica y ya no había marcha atrás. La vida detrás de un espejo.
Era la tarde en que había quedado con ella. Apareció detrás del cristal, como escondiéndose detrás de una absurda transparencia. Pronto intuyó que su sonrisa no extrañaba su imagen porque no se conocían de antes. Entonces, la saludó, tomaron un café y ella le dijo que tenía frío. Se me ha hecho tardé, contestó él.








Una duda ¿ qué es lo que tanto había buscado ? Por otro lado, me ha gustado y muy honrado por la mención
Publicado por: Juan Ayala | 11 abril 2008 en 11:28 a.m.