Hacer las maletas suele tener sabor a nostalgia, sensación que se conjuga con lo incierto de lo que nos espera. Me gusta colocar la maleta encima de la cama y comenzar el ritual sin método. No dispongo de un manual de cosas a no olvidar, ni tampoco me hago una lista previa. Ni siquiera soy de los que van depositando todos los enseres encima de la cama antes de poner en el interior para no olvidar nada.
Supongo que la maleta es gran parte de la personalidad del que viaja. Yo suelo colocar las cosas de abajo a arriba según su previsión de uso y lo demás, pacientemente desordenado con un toque de dispersión. Me gusta usar los huecos libres para incrustar el par de calcetines que no localizo bien o la pasta de dientes para evitar que se abra. Después comienza la guerra entre los cables, cargadores y aparatos por reivindicar su sitio frente a la desnudez (o sea la ropa).
Al final, no importa el lugar ni el tiempo, siempre llena. Respondiendo a mi necesidad de llevarlo todo, mi obsesión por las cosas más tontas.
Cierto que hacer las maletas es una acto individual, rodeado de la música que suena y la ventana para mirar el tiempo. No me resisto a preguntarme si lloverá, si tendré calor.. es entonces cuando hacer las maletas tiene su significado. No por la maleta. Sino por la vida que pongo dentro.





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