A todos los infieles digitales.
La otra tarde abrí una carta que me llegó desde Argentina. Sólo decía lo siguiente: “ya no pude aguantar más”.Cerré el papel y quedó en mí el recuerdo.
Fue entonces cuando comencé a intuir lo que estaba pasando: Las dudas, los reproches de los últimos años y la falsa calma del mar antes de la tormenta. Ella estaba del lado de allá y yo, del lado de acá, la miraba desde mi mundo. Nada más. No creía haber dejado huellas cuando, hace algunos meses, Marisa entró en mi vida, por despiste, como cuando uno deja olvidado el paraguas en un banco después de la tormenta al salir sol.
Al principio fue un sencillo “friend request”. Sin darnos cuenta, se había convertido en una atenta follower en silencio y, unos pocos intercambios de algún Wall.
Por aquel entonces, yo ya vivía en Internet antes que en mi vida, y las cosas pasaban bajo la quieta mirada de un ID. Después llegó el gmail, el google Talk y algunas fotos compartidas en Flickr. Pronto empezamos a dejar huellas: Tags en dellicius, vinculos cruzados en algún blog amigo y sobretodo ese terrible Facebook donde siempre nos teníamos que encontrar.
Comenzó a seguir mis viajes por Dopplr y quedamos una noche, cerca de Montparnasse, coincidiendo con una reunión que tenía. Pactamos solemnemente no tuitear esa noche. Todo quedó entre nosotros.
Así pasaron los meses hasta que pronto, Ana recibió una invitación de una compañera de trabajo para unirse a LinkdIn. Aceptó y pronto comenzaron las sorpresas. Aquel fue el mismo día que yo integré Flock al escritorio de nuestro ordenador de casa, justo antes de que supiera exactamente como guardaba todas las huellas. Ana fue a mirar su correo corporativo, abrió el navegador y comenzó a pensar que todo había acabado. Dejó caer alguna lágrima justo antes de clickar sobre el aviso que preguntaba si estaba segura de recordar la contraseña. Aquella noche, se fue a dormir temprano. Casi sin decir adios.
Eso fue lo último que supe de ella.
Pensé en llamarla unas cuantas veces. Sentía esa extraña sensación, entre una ligera sonrisa y mucha nostalgia, al entender, por qué me había enviado aquella despedida analógica: una carta.





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