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Cada mañana llegaba a aquel ascensor con el mismo gesto de rutina. Saludaba al conserje y apretaba el botón de llamada a la espera de que, como siempre, la campanilla me anunciara la llegada. A veces, en esa larga espera, llegaba Julia, la de la quinta planta. Tenía contados los segundos por piso que me acercaban a ella. Tres por cinco: Quince maravillosos segundos de tenso silencio y mirada a lo alto. Alguna parada en el segundo piso para que alguien de administración, con cuello blanco y pantalón de pinzas, tomara trayecto a gerencia, en la octava, y me alargara el deseo.
Yo, resoplaba, y miraba al reloj sabiendo que eran las nueve y dos. Quinta planta. Julia tomaba la puerta y se despedía con un “hasta luego” y una sonrisa. Pronto el display me anunciaba la séptima, mi planta, y un olor a café me recibía como todos los días. Pasaba la jornada entre albaranes y llamadas. A la vuelta, en la tarde, nada era igual. Sólo silencio. Campanilla y botón en espera. Y el ascensor que crujía desando que amaneciera.
Así pasaban los días, yo que llegaba, a veces ella. Ascensor y quinta planta. Los dos mirábamos al techo. Mi timidez navegando en deriva bajo su insistente descaro.
Hoy ya no trabajo en el bufete y tampoco soy capaz de recordar qué pasó aquel día en el que, por accidente, sufrimos en la ciudad un tremendo apagón. Sólo sé que eran las Nueve y dos. Pasados algunos segundos.




Esto yo ya lo he leído antes en alguna parte... Dónde?? No lo sé... Hum... Tal vez nos estás deleitando con una recopilación de los mejores momentos de tu blog? Un autohomenaje de alguien que está ganándose una nueva vida??Tú dirás!!!!
Publicado por: Ilansito | 03 julio 2008 en 09:04 a.m.
buena memoria!! ilansito!! jejelos lectores sois implacables!!efectivamente era un autohomenaje a mi nueva vocación escritora!!
Publicado por: Sergio Cortés | 03 julio 2008 en 09:09 a.m.