Hace unos cuantos meses, coincidiendo con mi decisión de dejar el trabajo, reconsiderar mis prioridades, mis objetivos en la vida y mi proyecto de futuro, pensé en dedicar mis esfuerzos a alguna iniciativa de la vida pública.
En realidad no he sido del todo exacto con el título del post: No es que nunca me haya propuesto entrar en política (opción siempre desechada por las dificultades en la elección de las listas y el partido) sino que lo que realmente me propuse es trabajar en el ámbito público a secas, no necesariamiente político.
Ciertamente, en esos momentos era mi ilusión. Con 33 años y muchas ganas, con toda la vida por delante y alguna experiencia ya en proyectos de buen nivel, pensaba que podía ser la oportunidad perfecta para darle algún tipo de sentido más allá a los esfuerzos que me dejo en el día a día.
Y es que, cuando uno va al límite, tiene la extraña tendencia de pensar que lo que hace debería tener algún sentido más allá de lo obvio.
Siempre he sido una persona comprometida y, aunque suene a tópico, la sociedad me ha dado muchas cosas que yo todavía no he devuelto. Creí que era el momento, como también creí ilusamente que un perfil como el mío debía ser bien acojido en el ámbito institucional: joven, formado, con valores y un proyecto personal..











