Escena del crimen: una toalla caída en el lavabo, justo después de la incertidumbre de una noche silenciosa y que no vale ahora recordar. Laura agachada tras la puerta entre las lágrimas que no se quieren ir. Yo, tirado en la cama, mirando a la nada, sin camiseta y pensando en que podría haber sido peor.
Entonces, miro el reloj. Me pregunto cuántas horas tendrán que pasar así, a medio camino entre la soledad y la impaciencia. Entre los dos se levanta un muro en altura casi irreconciliable. La distancia que poco a poco habíamos ido creando desde aquellos desayunos en los que no merecía la pena hablar porque andábamos medio dormidos, hasta hoy: la incomunicación de los autistas. Mientras, la lluvia golpea la ventana y ya es tarde, por mi cabeza pasan las razones que nos han traido hasta aquí: "ya no vale la pensa seguir a oscuras entre la luz del día", me digo, y doy una calada al cigarro que me hace olvidar.
Mientras, Laura sigue llorando. Detrás de la puerta y escondida en el baño para no tener que dar la cara. Seguramente no entiende lo que pasa. Tampoco yo sé de qué arbol me he caido. Eso sí, tengo demasiadas certezas que no me dejan seguir el camino. Matorrales que me pinchan a cada paso recordándome que hace frío ahí afuera.
Ahora suena el teléfono que he aparcado en la mesita. Leo su nombre: "Julia". Decido tardar en cogerlo. Apenas susurro para no levantar sospecha. Cuelgo. Pienso un par de minutos para después ponerme la camisa, apretar bien el cinturón para que no se me caiga el pantalón. Intento encontrar la manera tranquila de contarlo de verás ahí, al otro lado de la puerta. Los sollozos me recuerdan que al otro lado hay alguién.
Así no vale la pena. Ahondo el silencio, tomo unos pasos hacia la puerta, cojo las llaves y queda el silencio. Laura ha parado de llorar.








Bien escrito, Sergio.
Publicado por: Juan Ayala | 26 octubre 2008 en 02:07 p.m.
Bueno, si señor. Hasta pronto.
Publicado por: Bernat Guitart | 26 octubre 2008 en 11:21 p.m.