Y llegó el momento de volver, con ese aire de tango que llena la frente marchita, con la cabeza más llena de pájaros que nunca. Era el momento de intuir dónde estaban las ventajas y deshacerse de todo inconveniente. La mayor parte de las veces, había sometido mis expectativas a la sola posibilidad de que allí estuvieras tú, entre todos los demás, bebiendo una copa de vino blanco y fumando aunque no te gustara, nada más por provocar.
Sólo yo era el perfecto insomne que cruzaba cada noche el camino de tus sueños, mientras dormías, para después ponerme a leer sobre la almohada que tú te empeñabas en coger como si fuera la vida misma. Así habían pasado los años que me alejaron de ti. De las tardes de sequía y las madrugadas en Edimburgo. Sentí como las ventanas de la nueva ciudad se cerraban al oír tu nombre, y me dolía tanto como las olas. Demasiado Volver para tampoco hombre, me decía mientras encontraba la silueta del camino ausente de ti.
Te fuiste difuminando como las pinturas de Monet, pero con los colores menos vivos del olvido. Hasta que poco a poco solo me quedó de ti, un pincel y algunos lienzos sucios. Un cuadro vacío y muchas nostalgias. Aquel día supe qué era Volver, justo al mirar en la puerta y atravesar el café que me llevaba al viejo parque. Llovía, olía a chocolate: no importaba mojarse.






