Cada una de las historias que puedes escuchar en un encuentro de mujeres africanas, como este el que estoy, están compuestas de breves emociones. Las cosas más didácticas, generalmente, no están vestidas de ninguna sofisticación ni necesitan de las grandes palabras para generar grandes discursos. Cuando uno habla con ellas reconoce la fuerza de la experiencia, el saber de lo que cuestan las cosas, reconoce un sentimiento de género perdido en Europa, una responsabilidad sobre el sitio dónde han nacido y sobre la comunidad donde viven. Ellas se saben fuertes, pero huyen de lo heroico y de la grandilocuencia, aplicando una serena humildad que justamente las convierte en algo grande que no sabes muy bien cómo explicar.
El papel de la mujer en la economía africana y en el desarrollo local es, como es sabido, fundamental. Pero más allá de ello, las historias detrás de cada una de ellas están marcadas por una opción de vida personal.
El centro de desarrollo de Fajara está regentado por Jane Able Thomas me cuenta como empezó dando cobijo a los refugiados de la Casamance (justo al otro lado del río) para que su vida fuera más digna y sobretodo para que pudieran realizar alguna actividad de provecho mientras esperaban el momento de volver a sus casas y poder rehacer sus vidas. La Casamance es una zona extraordinariamente bella y tiene un conflicto bélico (aunque de baja intensidad) desde hace más de treinta años. Cuando le pregunto cómo estaban ahora por allí (yo estuve hace dos años) me contesta con cara triste diciendo “casi cada noche oigo tiros al otro lado del río”. Yo creía que la zona era tranquila y así es pero todavía hay gente que no puede vivir en sus casas.
Tras los refugiados su centro ha ayudado a más de 500 mujeres en capacitarlas en diferentes actividades de subsistencia: cocina, costura, peluquería, agricultura, gestión de casas rurales, etc… Lleva a los turistas que la visitan a hacer una actividad completa de curso de cocina donde tienen que ir a recoletar los alimentos, al mercado, cocinarlos y comérselos de la manera tradicional de su zona. Me cuenta con cierta guasa que para comer en su casa y cocinar uno se tiene que poner el traje perfecto para la ocasión. Desarrolla diferentes programas para formar y dar apoyo a las actividades de las mujeres de su comunidad. Me cuenta que cada vez se mete en más líos y ahora ha acabado haciendo una guardería donde alberga a más de 50 niños mientras que las mujeres acuden a sus trabajos en la academia. Cuándo le pregunto por qué lo hace, me responde con una sonrisa en la cara con un sencillo: Esta gente merece tener dignidad y sentirse útil. Los trabajos que realizan no buscan el dinero o el desarrollo del negocio. Simplemente generar un sentimiento de valor en la sociedad con actividades de provecho. En su puesto vende unos pequeños vestidos para niños que cosen ellos mismos. Le pregunto si tiene alguno para niño ya que sólo veo para niñas. He pensado que quizá a Jorge le puede venir bien saber que niños como él no tienen estas cosas. También venden papillas y cereales. Nos comenta que tiene a una chica joven a punto y preparada para poder montar su negocio de cocinera. Dice que tiene ganas y que está preparada pero que le falta los recursos mínimos para empezar. La ha traído a este encuentro para que respire la fuerza de otras mujeres como ella que un día lo hicieron. Dice que le vendrá bien respirar todo este ambiente. Quedamos para hablar mañana. Ella me despide con una gran sonrisa y me dice que me espera pronto también en Fajara.
Después uno sale del taxi, discute 1.000 CFA arriba o abajo un trayecto que cuesta en torno a 3.000 o 4.000 CFA, atraviesa los atascos de Dakar a las 7 de la tarde, pasa por algunos barrios donde la gente te ofrece tarjetas de móvil en las calles. El olor a gasolina es insoportable y los autobuses llevan de vuelta a las gentes a sus casas. La gente monta en el techo del autobús o en las puertas del maletero abierta. Otro día más ha pasado. Quedan las historias breves haciendo eco en tu mente cuando, cansado, entras en tu habitación y empiezas a recordar algunos momentos. Te tomas la pastilla de Malarone. Te duele la cabeza y piensas: mañana será otro día




Mañana será otro día y aqui estaremos para leer lo que nos cuentas, como siempre, muy interesante.
Publicado por: Trevelez | 03 diciembre 2009 en 09:47 p.m.