Tengo un par de razones para ser los que prefieren “Hacer” a “Esperar”.
La primera apela al movimiento, a la necesidad de construir camino. Estudiar, decir, hablar y reflexionar hasta la parálisis no suele llevar a demasiados sitios y a los que lleva sin duda son sitios fríos y oscuros, caracterizados por la desidia. Hacerse preguntas diferentes conduce ineludiblemente a obtener distintas respuestas. Por el contrario, analizar en exceso los errores pasados conlleva la negación del futuro. Una empresa no innova si basa sus decisiones en el análisis del histórico y tampoco si las toma en base sus expectativas de futuro.
La segunda consiste en la aceleración como escenario y vehículo hacia el objetivo final. El proceso de innovar muchas veces, sencillamente, consiste en llevar la imaginación a la realidad de la forma más rápidamente posible. La diferencia entre una cosa novedosa y otra que no lo es, a menudo depende del tiempo transcurrido en convertir un sueño en un tangible.
Por eso, detrás de la innovación siempre hay algo de las leyes de la cinética. Lo importante es el movimiento y no sólo eso, sino que el movimiento sea uniformemente acelerado. Derivadas e integrales los unos de los otros y los otros de los unos. Y al final, lo más importante, la energía (cinética): la innovación.
En efecto: todo ello, como todo movimiento, viene siempre de la mano de una Fuerza Tractora: “la posibilidad de hacer”. Por eso me gusta decir que: “innovar es capacidad de hacer”… porque detrás de todo proceso de innovación existe la necesidad de una capacidad de acción. Y es por ello que la innovación en las PYMES, por ejemplo, se representa de una manera más sublime que en las grandes empresas cuando ésta se pone de manifiesto.
Si algo me gusta del proceso emprendedor es que la verdadera fuerza tractora de la innovación (la capacidad de hacer) siempre está presente.






